domingo, 14 de mayo de 2017

Writing's on the Wall | Capítulo 8


Buenos noches hermosuras.
¿Sabéis? Deberían considerar Eurovisión como una terapia para reír, va genial para quitar tensiones y alargarte la vida con tanta risa.
Pero bueno, hablando de otras cosas, por fin he conseguido terminar el capítulo 8, así que mi regalo de hoy será este~

¡Disfrutadlo!

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Si quieres leer, dale a...

CAPÍTULO 8

Shinhye perdió la cuenta de los minutos que llevaba despierta después de salir del baño. A pesar de saber que podía descansar porque estaba en su día festivo, tardó muchas horas antes de cerrar los ojos sin sentir que la culpabilidad la abrazaba. Aquellas manos heladas que querían ponerle obstáculos aparecían siempre que bajaba la guardia, pensando que cada llamada, cada timbre, cada voz era la de Hwayoung.

Estaba asustada de sí misma, quería arreglar las cosas con la mujer, pero no sabía por dónde empezar. Le entraban ganas de llorar siempre que recordaba la bofetada, eso era lo peor que había hecho en su vida, con diferencia; y no porque se tratara de una bofetada, sino porque la menor probablemente ya cargaba con suficiente dolor debido a los maltratos de Adam para que encima Shinhye se sumara a la lista de gente que la había pegado.

Dejó la almohada sobre su cara para que la luz que se colaba por la ventana no la molestara, pero antes de poder dormirse de nuevo, su hijo entró como un tornado en la habitación, chillando desesperado.

   —¡Mamá, mamá!—.
            —¿Qué quieres mi amor? Mamá está muy cansada y…—.
            —¡Santa se olvidó de nosotros!—.
            —¿Cómo que se olvidó?— su corazón se paró en cuanto vio la cara de decepción del niño. Shinhye estaba tan cansada que se había olvidado de colocar los regalos de navidad bajo el árbol del salón, ¿en qué mundo vivía?
            —¡Los regalos no están! ¿Eso significa que no fui un buen niño…?
            —Claro que lo fuiste— la mujer se levantó con rapidez y recogió su cabello en una coleta alta —Santa me dijo que este año los escondería para acabar el año de forma especial— con la rapidez con la que se inventaba excusas para su hijo, debería plantearse el escribir cuentos infantiles.
            —Pero aún quedan días para terminar el año…—.
            —No se lo discutas a Santa. ¿Estás preparado para ir a buscarlos?—.
            —¡No! ¡Necesito mi traje de explorador! No te muevas de aquí—.

• • •

La morena deslizó un papel por encima de la mesa y su acompañante lo tomó, leyéndolo en silencio. El sonido de las tazas y las cucharillas de café se escuchaban por todas partes, la cafetería estaba a rebosar de gente.

   —¿Una orden de arresto por negligencia médica? ¿Estás segura?—.
            —Muy segura—.
            —Esto que dices es muy serio, Hwayoung— la nombrada agarró la taza de té y bebió muy lentamente, degustando el calor de la bebida. Ella era la encargada de aquél pequeño encuentro, y sabía bien que a Adam no le gustaba ninguna de sus “amigas”, así que buscó la mesa más apartada y escondida del vidrio que dejaba ver el exterior, no fuera el caso de que el loco de su prometido montara una escena en un lugar como ese si por casualidad pasaba por allí.
            —Lo sé, pero estoy segura de que esa malnacida lo hizo mal, no es la primera vez que se equivoca—.
            —Ni siquiera te pusiste así cuando tú hermana… bueno, eso—.
            —Hyoyoung no fue operada por Shinhye, pero ella no le dijo que se estaba muriendo, eso también podría considerarse negligencia—.
            —Yo lo veo más como una mala praxis, debe ser difícil decirle algo tan delicado a tu pareja—.
            —Me da igual, quiero que se haga justicia—.
            —¿Y debo ser yo tu abogada? Me niego a hacer algo así, es jugar sucio—.
            —Recuerda que me debes un favor, Taeyeon, uno muy grande de hecho— la mayor suspiró, terminando su café —no me obligues a ser mala contigo, no quiero serlo—.
            —Lo sé—.
            —Si no hubiera sido por mí, nunca habrías tenido oportunidad de conquistar a Sunhwa—.
            —He dicho que ya lo sé—.
            —Faltó poco para que te denunciara por acoso—.
            —¡Está bien!— la mujer chasqueó la lengua con una clara mueca de molestia —detesto cuando te comportas así—.
            —Entonces ayúdame con esto y consideraré el favor como pagado— la rubia sintió un desagradable escalofrío subiendo por su columna vertebral al ver el vacío en los ojos grandes y oscuros de Hwayoung, esa no era la mujer que conoció años atrás, había cambiado. Taeyeon alzó la vista mirando a la mujer pequeña que acompañaba a la morena: no se había movido en la hora que llevaban reunidas en la cafetería, estaba ahí, de pie, inmóvil tras el cuerpo de la menor como si fuera una estatua. Tenía la mirada más impasible de todas y sus manos estaban escondidas en su espalda. No había dicho ni una palabra, aunque sus ojos felinos y oscuros ya hablaban por sí solos —¿y pues? Te pagaré bien, lo sabes— la chica-estatua dio un paso hacia delante y movió una de sus manos para apartar ligeramente la chaqueta de traje que llevaba, mostrando la culata de una pistola enfundada —creo recordar que le debes cierto favor económico al señor Kang, mi dinero te ayudaría a zanjarlo—.
            —¿Cuándo quieres que vayan a buscarla?— Taeyeon apartó la mirada de esa desconocida, sintiéndose todavía más observada.
            —Esta misma tarde, ya sabes dónde vive—.
            —Está bien—.
            —Es un placer hacer negocios con usted, señorita Kim— la rubia estrechó la mano que se le ofrecía y notó la piel de Hwayoung helada, como si estuviera muerta.
            —Lo mismo digo, señorita Ryu—.

• • •

Shinhye cayó rendida en el sofá respirando ajetreada, sintiendo que algo invisible la aplastaba sin darle oportunidad a levantarse. Chadol corría por toda la casa, chillando al borde de las lágrimas al no encontrar los regalos.

   —Están en el armario de mi habitación— masculló con los ojos cerrados, alzando un brazo para señalar el pasillo.
            —¿Cómo lo sabes?—.
            —Es el único lugar en el que no hemos mirado, mi amor—.

El niño corrió hasta la habitación de su madre, tropezándose más de una vez con las cajas de cartón en sus piernas que intentaban simular un disfraz de robot explorador. Poco a poco fue trayendo las bolsas de plástico cargadas de paquetes envueltos en brillantes y coloridos papeles de regalo, arrastrándolo todo por el suelo. El más grande lo llevó Shinhye tras recuperar un poco el aliento.

   —Vamos mamá, ayúdame a abrirlos— la mujer se sentó en el suelo, al lado de su hijo, clasificando los regalos para dárselos a sus familiares —mira mamá, ¡un regalo para noona!— el niño alzó una caja alargada con el nombre de Jangmi —¿qué crees qué será? ¿Podré dárselo yo?—.
            —Claro cariño—.
            —Ahí hay otro, Jin… ah, pone Jinmyung, ¿quién es?— Shinhye agarró el jersey rojo que Santa le había regalado al pequeño y se lo dejó a medio poner, manteniendo los brazos de Chadol en alto —mamá, no veo nada—.
            —Jinmyung es una compañera del trabajo, ella se portó muy bien este año—.
            —¡Quiero conocerla!—.
            —Es un poco complicado cariño. ¿Te acuerdas de lo que le pasó al perro de tu amiga Hana?—.
            —Sí, se convirtió en ángel—.
            —A Jinmyung le pasó lo mismo, por eso no puedes conocerla—.
            —¿Cómo la chica de tus fotos?— la mujer mostró una clara mueca de confusión —me dijiste que esa chica acompañó al perro de Hana porque ella también era un ángel, pero el otro día cuando la señorita Lee nos llevó de excursión al zoo la vi con un señor muy alto—.
            —¿Quién?—.
            —Ella— Chadol señaló con uno de sus pequeños dedos la foto que Shinhye tenía en un mueble cercano al piano del salón. La dirección apuntaba a Hyoyoung —yo la vi, los ángeles existen—.
            —Puede ser…— la mayor sintió un nudo en su garganta —¿quieres pancakes con chocolate caliente para desayunar?—.
            —¡Quiero!—.

Después de la muerte de Jinmyung, Shinhye no había vuelto a saber nada más de Hwayoung. Esta le echó en cara que había sido su culpa, que la enfermera estaba muerta por su poca profesionalidad, haciendo que la doctora se sintiera inútil. La bofetada que esta le propinó a la morena todavía le picaba en la palma de su mano. La sensación era tan reciente que le provocaba escalofríos. Hacía muchos años que Shinhye no usaba la violencia gratuita con alguien, tantos que quiso llorar cuando en el reflejo del espejo vio al manipulador y abusón de Adam, y no su propia cara marcada por la culpa de haberle permitido a su mano escaparse de esa manera.

   —¡Mamá, Santa al teléfono!— la doctora parpadeó sorprendida y agarró el teléfono, su hijo había atendido primero la llamada mientras ella cavilaba e intentaba cocinar.
            —¿Diga?— una risa falsa de Papá Noel se escuchó al otro lado de la línea —¿quién es?—.
            —Hola, doctora Park— el tono masculino se volvió más severo, más frío —tiene un hijo encantador, ¿lo sabía?— la mujer tragó saliva —sería una lástima que le sucediera algo—.
            —Mira cabrón de mierda— la mujer dejó a su hijo comiendo solo en la cocina, evitando así que oyera esas malsonantes palabras —no sé quién eres pero no tiene gracia— el timbre de la puerta sonó y Chadol salió como un cohete para abrirla —¡no cariño, ven aquí!— el menor hizo caso omiso, provocando que su madre saliera tras él, olvidándose del teléfono para así tener ambas manos libres —¡hijo de la gran puta!—.

• • •

Esperó a que las puertas se abrieran frente a ella y respiró con profundidad el aroma a cítrico del hospital. Le encantaba ese desinfectante. Al tener ambos pies dentro del lugar miró a izquierda y derecha como si esperara a que los coches imaginarios siguieran su ruta para dejarla pasar. Sus tacones resonaban por toda la planta, dirigiéndose con la cabeza bien alta hasta el mostrador. Al apoyar ambos codos sobre el mueble, dejó sus gafas de sol sobre su cabeza, guiñándole un ojo a una de las recepcionistas.

   —Preciosa, ¿puedes ayudarme?— una divertida sonrisa se esbozó en sus labios los cuales estaban ligeramente coloreados de rojo.
            —S-Supongo que sí— la recién llegada sonrió con más notoriedad.
            —Mira— de su bolsillo sacó un papel que había sido doblado varias veces —en el antiguo hospital donde trabajaba me dieron esto y me dijeron que me dirigiese aquí—.
            —Ah, entonces usted es la residente que faltaba—.
            —¿La que faltaba?—.
            —Ayer llegó el grupo de nuevos residentes que habían practicado en el hospital Sseungdom, nos comunicaron de que faltaba una con la que no habían podido contactar, tiene que ser usted—.
            —Puede ser, no vine por una de mis locas fiestas, ¿quieres venir a la próxima? Te invito a mi zona VIP— y como si fuera una bruja, sacó una tarjeta de dentro de su manga, entregándosela a la muchacha que tuvo que aceptarla casi por la fuerza —insisto, ven a la próxima, tienes la fecha ahí escrita—.
            —Me lo pensaré—.
            —Y bien, ¿hacia dónde tengo que dirigirme?—.
            —Antes tiene que rellenar esto— sacó un folio de una carpeta donde todos los demás ya estaban escritos —solo debe completarlo con sus datos personales, luego los entraré al ordenador y ya podrá trabajar. El papel que me dio lo guardaré con los demás—.
            —Perfecto, dame un bolígrafo, anda— la enfermera no pudo evitar ladear la cabeza, extrañada por el comportamiento de diva de la desconocida —Lee Hyeri, acuérdate bien de ese nombre—.
            —P-Pero yo no se lo he pedido y…—.
            —Consulta 34, y consígueme una habitación de residente con ese mismo número, me trae suerte—.
            —De hecho tiene que compartir habitación con otro residente— se apresuró a decir la muchacha antes que la “diva” volviera a interrumpirla —son las normas para los de primer y segundo año—.
            —¿Pero esto es un hospital o un internado?—.
            —Lo siento— masculló la joven mientras se inclinaba en una disculpa.
            —Bueno, mientras sea una mujer guapa no me importa lo demás— con un golpe seco dejó el bolígrafo sobre el papel rellenado con sus datos y volvió a guiñarle el ojo a la enfermera que la atendía —y espero que tú también vengas a hacerme alguna visita, ya sabes, se me dan muy bien ciertos temas profundos y calientes—.

La tal Hyeri desapareció con su maleta por uno de los pasillos y la joven se dejó caer en la silla, curioseando el expediente que la mujer acababa de rellenar. Cuando comprobó cuál era su especialidad sus mejillas se encendieron, sintiendo que quemaban como dos brasas. Ginecología.

   —¿Qué acaba de pasar?— preguntó la muchacha a su compañera que se había quedado con los ojos como platos tras el descarado coqueteo de la recién llegada.
            —¿Y a mí me lo preguntas?—.

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